28 de diciembre de 2007 por Pepe Aguiló
Era por la tarde, ya estaba oscureciendo, pero la noche se presentaba lluviosa. Las nubes se iban apoderando del cielo, todo indicaba una clara tormenta así que me dirigir hacía a mí casa. Justo cuando llegué la lluvia empezó hacer su aparición, los rayos y los truenos avisaban de los sucesos que estaban viniendo, no tardó en reventar la borrasca en cima de la ciudad. Los truenos y los rayos se apropiaron de la ciudad.
El viento soplaba con fuerza y los rayos iluminaban la noche: yo en el sillón miraba como la lluvia salpicaba los cristales de la ventana. De repente observé algo por lo que aún hoy buscó una explicación: en frente a mí una gota de agua se deslizó abriéndose pasó entre las demás, las otras gotas se inclinaban ante ella, pretendiendo ser como ella pero ninguna lo conseguía.
Repentinamente desapareció y todas las gotas se volvieron a mezclarse como simples gotas de agua. Yo aún atónito por lo sucedido sin poder quitar la vista de la ventana, maravillado y casi sin aliento me tomé unos segundos de recapacitación al recobrar el sentido, me levanté de un golpe y corrí en busca de aquella gota, recorrí todas las calles del mí barrio sin localizar aquella gota.
Ahora cada vez que veo que se dispone una tormenta, me preparo para salir en busca de esa gota pero nunca la encuentro. Sólo encuentro trillones de gotas pero ninguna es aquella.